jueves, 13 de junio de 2013

MOLINOS DE VIENTO EN FLORES - Roberto Arlt





Roberto Arlt – 1900-1942





MOLINOS DE VIENTO EN FLORES

Hoy callejeando por Flores, entre dos chalets de estilo colonial, tras de una tapia, en un terreno profundo, erizado de cinacinas, he visto un molino de viento desmochado.

Uno de esos molinos de viento antiguos, de recia armazón de hierro oxidada profundamente.

Algunas paletas torcidas colgaban del engranaje negro, allá arriba, como la cabeza de un decapitado negro; y me quedé pensando tristemente en qué bonito debía de haber sido todo eso hace algunos años, cuando el agua de uso se recogía del pozo.

¡Cuántos han pasado desde entonces!

Flores, el Flores de las quintas, de las enormes quintas solariegas, va desapareciendo día tras día.

Los únicos aljibes que se ven son de “camouflage”, y se les advierte en el patio de chalecitos que ocupan el espacio de un pañuelo.

Así vive la gente hoy día.

¡Qué lindo, qué espacioso que era Flores antes!

Por todas partes se erguían los molinos de viento.

Las casas no eran casas, sino casonas.

Aún quedan algunas por la calle Beltrán o por Bacacay o por Ramón Falcón.

Pocas, muy pocas, pero todavía quedan.

En las fincas había cocheras y en los patios, enormes patios cubiertos de glicina, chirriaba la cadena del balde al bajar al pozo.

Las rejas eran de hierro macizo, y los postes de quebracho. 

Me acuerdo del último Naón, un mocito compadre y muy bueno, que siempre iba a caballo.

¿Qué se ha hecho del hombre y del caballo?

¿Y de la quinta?

Si; de la quinta me acuerdo perfectamente.

Era enorme, llena de paraísos, y por un costado tocaba a la calle Avellaneda y por el otro a Méndez de Andes.

Actualmente allí son todas casas de departamentos, o “casitas ideales para novios”.

¿Y la manzana situada entre Yerbal, Bacacay, Bogotá y Beltrán?

Aquello era un bosque de eucaliptos. 

Como ciertos parajes de Ramos Mejía; aunque también Ramos Mejía se está infectando de modernismo.

La tierra entonces no valía nada. 

Y si valía, el dinero carecía de importancia.

La gente disponía para sus caballos del espacio que hoy compra una compañía para fabricar un barrio de casas baratas.

La prueba está en Rivadavia entre Caballito y Donato Álvarez.

Aún se ven enormes restos de quintas.

Casas que están como implorando en su bella vejez que no las tiren abajo.

En Rivadavia y Donato Álvarez, a unos veinte metros antes de llegar a esta última, existe aún un ceibo gigantesco.

Contra su tronco se apoyan las puertas y contramarcos de un corralón de materiales usados.

En la misma esquina, y enfrente, puede verse un grupo de casas antiquísimas en adobe, que cortan irregularmente la vereda.

Frente a éstas hay edificios de tres pisos, y desde uno de esos caserones salen los gritos joviales de varios lecheros que juegan a la pelota en una cancha.

En aquellos tiempos todo el mundo se conocía.

Las librerías.

¡Es de reírse!

En todas las vidrieras se veían los cuadernillos de versos del gaucho Hormiga Negra y de los hermanos Barrientos.

Las tres librerías importantes de esa época eran las de los hermanos Pellerano, “La Linterna”, y la de don Ángel Pariente.

El resto eran boliches ignominiosos, mezcla de juguetería, salón de lustrado, zapatería, tienda y qué sé yo cuántas cosas más.

El primer cinematógrafo se llamaba “El Palacio de la Alegría”.

Allí me enamoré por vez primera, a los nueve años de edad, y como un loco, de Lidia Borelli.

En el terreno de las caballerizas de Basualdo, se instaló entonces el primer circo que fue a Flores.

El único café concurrido era “Las Violetas”, de don Jorge Dufau.

Félix Visillac y Julio Díaz Usandivaras eran los genios de la parroquia, para entonces.

La gente era tan sencilla que se cría que los socialistas se comían crudos a los niños, y ser poeta —“pueta” se decía— era como ser hoy gran chambelán de Alfonso XIII o algo por el estilo.

Las calles tenían otros nombres, Ramón Falcón se llamaba entonces Unión.

Donato Álvarez, Bella Vista.

A diez cuadras de Rivadavia comenzaba la pampa.

La gente vivía otra vida más interesante que la actual.

Quiero decir con ello que eran menos egoístas, menos cínicos, menos implacables.

Justo o equivocado, se tenía de la vida y de sus desdoblamientos un criterio más ilusorio, más romántico.

Se creía en el amor.

Las muchachas lloraban cantando La Loca del Bequeló.

La tuberculosis era una enfermedad espantosa y casi desconocida.

Recuerdo que cuando yo tenía siete años, en mi casa solía hablarse de una tuberculosa que vivía a siete cuadras de allí, con el mismo misterio y la misma compasión con que hoy se comentaría un extraordinario caso de enfermedad interplanetaria.

Se creía en la existencia del amor.

Las muchachas usaban magníficas trenzas, y ni por sueño se hubieran pintado los labios.

Y todo tenía entonces un sabor más agreste, y más noble, más inocente. 

Se creía que los suicidas iban al infierno.

Quedan pocas casas antiguas por Rivadavia, en Flores.

Entre Lautaro y Membrillar se pueden contar cinco edificios.

Pintados de rojo, de celeste o amarillo.

En Lautaro se distinguía, hasta hace un año, un mirador de vidrios multicolores completamente rotos.

Al lado estaba un molino rojo, un sentimental molino rojo tapizado de hiedra.

Un pino dejaba mecer su cúpula en los aires los días de viento.

Ya no están más ni el molino ni el mirador ni el pino.

Todo se lo llevó el tiempo.

En el lugar de la altura esa, se distingue la puerta del cuchitril de una sirvienta.

El edifico tiene tres pisos de altura.

¡También la gente está como para romanticismo!

Allí, la vara de tierra cuesta cien pesos.

Antes costaba cinco y se vivía más feliz.

Pero nos queda el orgullo de haber progresado, eso sí, pero la felicidad no existe.

Se la llevó el diablo.






 





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