jueves, 22 de agosto de 2013

CURANDEROS



CURANDEROS





















CURANDEROS
 
Este post está basado sobre apuntes tomados de un trabajo realizado por el médico: Dr. Samuel Tarnopolsky.

Algunas aclaraciones sobre ciertos términos:


actitud proteica - que cambia de formas, ideas o aspecto.
empirismo - método o procedimiento basado en la experiencia y observación de los hechos.
filia - gran amor o afición por alguien o algo.
heterodoxo - postura que se separa de lo establecido.
ortodoxo – que es acorde a la ideología sostenida como correcta por la mayor parte de una comunidad (en este caso la comunidad médica).
resabio - mala costumbre adquirida por alguna circunstancia.


CURANDEROS


EL COMÚN DENOMINADOR: ¿QUIÉN CURA? ¿QUÉ CURA?

Toda las reglas de la psicoterapia universitaria y las prescripciones de la relación médico paciente se problematizan ante el curandero: su éxito el más numeroso, más rápido, más económico: a su “consultorio” acuden multitudes, su eficacia —cuando la tiene— es inmediata y a bajo costo. Ningún psicoterapeuta ni médico de prestigio goza de la clientela de los fulanos curanderos en boga.

Cumplimos cuánto nos aconsejan los maestros: escuchamos atentamente al paciente, estudiamos sus antecedentes, historia personal, familiar y social, recogemos con atención, minuciosidad y simpatía la cronología y actualidad patológica y biológica, escuchamos, aprendemos a escuchar, o reaprendemos este olvidado arte. Consultamos a colegas más autorizados. Todo inútil, o menos útil, menos  rápidamente inútil. Ante el curandero, los enfermos pasan en fila India o son una masa agitada; ante el curador doctorado o no, apenas refieren el síntoma monitor; el milagrero al cliente 200 consultas en una tarde, el  iridólogo apenas si ve la cara del enfermo y ni lo escucha. Pero se produce el “levántate y anda”; una buena proporción de enfermos reales o imaginarios —es lo mismo— salen curados, o aliviados, o consolados después del fracaso oficial. Salen curados “como por arte de magia”.

Aportemos: no existen enfermos imaginarios; son un invento de Moliere, comediante, no médico. Tienen enferma la imaginación, como otros la memoria —amnesia— o la voluntad —abulia—, o el hígado —hepáticos—. Los llamo imaginópatas.

¿Qué diálogo, que “rapport”, que coloquio, que simpatía establecen esos curanderos con esas multitudes estos individuos? ¿Qué historia biológica o social recogen? ¿Qué investigación psicosocial implica la imagen de Ceferino? “Gracias, Ceferino”, le leemos todos los días en la página del diario.

Los sabios carecen de engreimiento y seguridad. Saben mucho, dudan más. A pesar de los magníficos avances, la magia y el curanderismo dominan subrepticia u ocultamente la escena. Esto se evidencia frecuente y cotidianamente en las investigaciones periodísticas de los medios y avisos de los diarios, las conversaciones cotidianas con personas de todo nivel social o cultural, nuestra propia experiencia y la de otros médicos, la reciente proliferación televisiva y radial de curanderos y charlatanes médicos.

Nos hemos preguntado que factor común, en cada nivel curador —psicoterapeuta, médicos de prestigio o populares, cultos terapéuticos, curanderos, médicos heterodoxos, santuarios, yoga, etc.— genera el éxito indiscutible ante ciertas personalidades o enfermedades, qué factor que determina la idéntica atracción sobre las estructuras personales —socioeconómicas, culturales— de los “clientes”, a pesar de las distintas personalidades, recursos y técnicas, de los curadores. ¿Qué factor actúa en todos ellos, en los planos, simultáneamente considerados?

La primera respuesta es lo común y constante, insustituible en campamentos y ranchos, consultorios centrales o periféricos, santuarios y pocilgas: es un individuo llamado “el enfermo”. Encontramos en todas partes a una persona sufriente.

Lo segundo es la necesidad de ese individuo, de aliviar el mal: ya no lo tolera.

La tercera condición común es la falencia de otros recursos curativos por la negativa, la resistencia a solicitarlos.

La cuarta condición común es la inversa de la anterior: la atracción de esos medios, que por momentos que deviene ansiosa o compulsiva. O es vocacional, un atractivo especializado, una filia.

Finalmente, la quinta condición es la fe puesta en cada uno de ellos y no en otros.

Pero lo primero, el enfermo tampoco es un estereotipo, una identidad, una uniformidad, perfil orgánico o emocional o social o cultural, único y discernible. Es una multiplicidad pareja a la de los curadores: pobre o rico, analfabeto o profesor universitario, hombre o mujer, enfermo orgánico o funcional, neurótico o equilibrado. 

Esta actitud proteica se extiende al tiempo y al espacio; existe en todas las épocas y en todas las geografías. ¿Qué empuja hacia un mismo polo, a tan diversos individuos, en tan diversos lugares, en tan diversas épocas? ¿Cómo definir este impulso y antes, cómo estudiarlo? ¿Puede ser solucionado por el psicoanálisis tal interrogante?

Cualquiera sea la naturaleza del síntoma, síndrome o  enfermedad —dolor, angustia, ansiedad, desesperanza, fracaso— existe una común necesidad: aliviar una situación que no se ha podido o no se ha querido resolver por otro camino. Ni un individuo determinado —no importan sus títulos y autoridad— ni la organización sanitaria les ofrece una salida adaptable a su psiquis, a su apetencia; a lo que ellos mismos creen que necesitamos y estaba realmente necesitan. Para nosotros es lo mismo. Creer en una falsa necesidad es, en sí misma, una necesidad. Es preciso satisfacerla o aclararla. Para aclararla es indispensable la oportunidad, la colaboración prestada por el necesitado; si la impide, el médico no está por eso liberado de sus deberes. Un problema individual se transforma en un deber social; hay que encontrarle “la vuelta”. La creencia en una necesidad es necesidad misma, salvo que se demuestre lo contrario o se persuada a la víctima de su error. Si no le ofrece una salida aceptable, la punta por sí mismo y la busca según su vocación o sus luces.

LA FE CURATIVA. LA VOCACIÓN TERAPÉUTICA DEL ENFERMO

“Es la fe quien los cura”. “Sí tiene fe, se cura”. Ni los médicos dejamos de advertírselo a los pacientes, cubriéndonos la retirada: “ si no tiene confianza, qué quiere que haga …”. Los curanderos movilizan más dinámicamente la esperanza, el exprimen a fondo; es su primer recurso y el más importante. Para el médico es un complemento del medicamento o del bisturí. Prescinde, deliberadamente, de la magia y el encantamiento omnipresentes en el curandero. En la consulta médica, sobre todo cuenta al médico; en la consulta curanderil, cuenta sobre todo el enfermo, aunque parezca a primera vista que el curandero es el primer actor.

El enfermo con vocación curanderil es su propia víctima, su propio perseguidor: “se come las entrañas”. Los curanderos venden esperanza y los enfermos la adquieren, la internalizan; los médicos venden recetas y los enfermos las meten en los bolsillos.

LOS INCONDICIONALES DE LOS CURANDEROS:

«Esperan de ellos un alivio que los remedios clásicos no han sabido procurarles; buscan, sin darse demasiada cuenta alimentarse con apariencias. El ambiente que descubren en unos consultorios, frecuentemente poco acogedores, es el del experto que les intimida. Los curanderos, por el contrario les abren las puertas de los sueños. Son mercaderes de esperanza, y sus divagaciones, sus palabras más o menos coherentes, sus encantamientos, que recuerdan los de los magos de Asia y África, fascinan a unos seres que huyen de las realidades y esperan la salvación de unos personajes fuera de lo corriente que los liberen de ellos mismos, más que de sus males. Existe una realidad de lo imaginario, de lo cual ha de procurarse no ser víctima, aun conociendo la importancia que hay que conceder a lo que se define como constitutivos de “la parte subterránea del hombre”. El sueño compensa los conflictos de la conciencia.»

El enfermo mantiene con el curandero, o con la imagen milagrosa, un monólogo bilateral. Dialoga dentro de sí mismo con el santón internalizado; se cura a sí mismo a través del curandero, como se enferma a sí mismo —él de su propia etiología. Rodea con una supraestructura psíquica el mal físico: colorea emocionalmente la tela somática. El curandero, contra lo que él mismo cree (cuando no es simplemente un embaucador), contra la creencia del enfermo y de la mayoría de nosotros, es el ente pasivo en este drama terapéutico, es este psicodrama más patético que ridículo. Interviene apenas un poco más activamente que el amuleto: unas pocas palabras rutinarias, invariables, como gesto manual, el eterno repetido remedio, el agua fría o el yuyito. ¿Por qué en ese enfermo son ineficaces el clínico talentoso, que reconoce y diagnostica sus síntomas, o el sacerdote que recibe sus confesiones, o el psicoanalista que penetra profundamente en sus conflictos? Ante ciertas personalidades un determinado curador es omnipotente. “Si no lo cura el Dr. X, no lo cura nadie”, dice un enfermo agradecido a otro. Exactamente sucede con el devoto de un curandero o un santo.

El niño cree en la omnipotencia de los mayores, los mayores creen en la omnipotencia de algo llamado dios; otros depositan su fe en el psicoterapeuta, en la homeopatía, o en la escuela científica Basilio, o el yoga, o en una secta o religión.

En el seno de la medicina verdadera se produce idéntica especialización del enfermo: unos prefieren el tratamiento clínico, mientras otros buscan directamente al cirujano para la solución tajante de su padecimiento. Algunos rechazan de plano las inyecciones, otros las solicitan prefiriéndolas a las drogas de introducción oral o rectal.

Recomendar un tratamiento psicoanalítico a un enfermo claramente necesitado de él, pero que no que cree en él, determina una respuesta estereotipada: “no estoy loco, sáqueme el dolor y dejaré de estar nervioso”, y una reacción inmediata: la deserción del consultorio clínico.

Cuando un enfermo toman la iniciativa y sugiere, así sea tímidamente, un viaje a la terma, o una consulta al curandero famoso, no dudó un instante: autorizo, y más aún, aconsejó la pronta realización de la apetencia terapéutica: “Vaya y vaya cuanto antes. Si se cura, felicitaciones; y si fracasa, vuelva”. Si vuelve, lo hará libre de la ansiedad, de la expectativa, era falsa esperanza, de la fe equivocadamente depositada, enemigos invencibles del tratamiento ortodoxo. El médico no los puede vencer; se vencen a sí mismos. O triunfan … Yo les doy la oportunidad previa, cuando descubro su presencia angustiante, compulsiva, salvo —claro está cuando las contraindicaciones no me obligan a una severa y drástica advertencia. De lo contrario consultan secretamente, desertan, o traban inconscientemente el éxito con una resistencia terapéutica sólo superable con una técnica: “correrlo por su lado”.

“ESCUELAS” CURANDERILES Y ESCUELAS PSICOTERAPÉUTICAS.

La multiplicidad de “escuelas”, “teorías” y técnicas curanderiles es impresionante y está sostenida por una tradición oral que frecuentemente se trasvasa a la bibliografía, desde luego no por obra de sus cultores, las “madres”, “hermanos” y brujos, sino por etnólogos, antropólogos, folklorólogos, historiadores de la medicina, etcétera. Crean en el proclive a estas prácticas el problema de la elección, la técnica del agua fría, la imposición de las manos, y tantas otras: ingestión de brebajes repulsivos, grotescas ceremonias, talismanes, estampitas, amuletos, pulseras o plantillas mágicas, papas en el bolsillo, palanganas de agua bajo la cama, exorcismos, fuentes o imágenes milagrosas que se disputan el favor de los adeptos, como se lo disputan los “hermanos” de cualquier “madre”, “difunta”, de las escuelas espiritistas, o de los santos a quienes ahora se agradece mediante avisos en los diarios.      

Yuyos, sapos, zorros, culebras, cerdos y sus productos, estiramiento del cuerito, Christian Science, Cloueísmo, mesmerismo,     curación por al rastro, curación por secreto, transplante o transferencia —“pasar el mal a otra persona”—, cocimientos, mediciones de diversas partes del cuerpo, oraciones, rezos y palabras, son algunos pocos ejemplos. Es cosa de nunca acabar, más en los innúmeros personajes y tumbas, algunos pocos famosos y centenares de anónimos curanderos de ranchos periféricos o departamentos urbanos.

Así, pues, contemplamos un problema de niveles, de estratos: uno elevado, el de los maestros de la medicina y los modestos médicos prácticos; reproducidos como en espejo deformador, en el subsuelo curador, pero también con sus prohombres distinguidos, curanderos de presidentes y damas elegantes, y los humildes manosantas,  perseguidos por la policía.

Pero todos curan, tienen éxitos y devotos propagandistas, y llegan a originar cultos. ¿Qué hay de común en tan distintas técnicas, tan disparatadas, de cuya eficacia dan testimonio, sin embargo, la duración y el nombre de los pacientes? ¿Cuál es el factor común a todos ellos, el común denominador? ¿Cuál es la capacidad de curar, en qué radica esa virtud de aliviar, presente en tantos oficiantes carentes de un mínimo de conocimientos?

No hay que avergonzarse de tomar del pueblo lo que puede ser útil al arte de curar, decía Hipócrates.  Más sensato —completemos— es estudiar con las razones de tales curaciones y aprovecharlas. Ya hemos visto cómo se han originado algunas medicaciones hoy legalizadas por la prueba científica y la utilidad práctica.

PSICOTERAPIA

Todas las escuelas de medicina tienen sus maestros y sus discípulos, todas alegan éxitos, discuten y compiten, se agrupan en sociedades, editan revistas y publican tantos libros que nadie alcanzará a leerlos aunque dedique su vida íntegra nada más que a la lectura. Pero todas curan, de todas dan testimonio la persistencia, la difusión y el número de pacientes agradecidos.

¿Cuál es el factor común a todas ellas, el común denominador? ¿Cuál es la capacidad y el acierto, en qué radican la capacidad de interpretar correctamente y aliviar o curar, presentes en las diversas escuelas, en tanto combatientes oficiantes, en tantos profundos estudios de caminos tan distintos? Si tan diversos caminos que llevan a la misma meta, algo de común debe haber en todos. ¿Cuál es el factor curativo común? Añadamos el éxito en todos los heterodoxos —iridólogos, herboristas, acupuntores, homeópatas, manipuladores—; añadamos el éxito de los médicos charlatanes, inventores de remedios milagrosos o secretos, añadamos…

MAGÍA Y MEDICINA: PSICOTERAPIAS POPULARES Y PSICOTERAPIAS ACADEMICAS. LA HECHICERÍA Y LAS TRDEICIONES SAGRADAS.

Los legos no podemos introducirnos en las controversias de las escuelas psicológicas, por falta de autoridad, dejó espacio, lleno de contradicciones, dudas y mutuas recriminaciones o negaciones. Entre los extremos—magia y medicina, curanderos y psicoterapéuticas— cabe un mundo de matices. A propósito de tan ardua cuestión, veamos los párrafos siguientes.

«La influencia de la magia es mayor en la medicina que en las ciencias naturales puras, debido a la tradición de la medicina, que tiene su origen en la actividad de curanderos-hechiceros y sacerdotes. Dentro de la medicina, no sólo es la rama más joven de la ciencia imbuida de magia, sino también la más impregnada de magia.»

Los métodos racionales no son soberanos ni excluyentes. “La eficacia de todos estos métodos racionales es muy limitada”. Los métodos tradicionales tienen mayor éxito cuanto más aguda sea la dificultad emocional y cuánto menos tenga de verdadera neurosis. Pero si los patrones neuróticos son latentes, los métodos racionales ven reducida su eficacia. Ciertos recursos de orden físico (baños, ejercicios), son una expresión “conversiva” de sus conflictos, “conversiones artificiales”; las prohibiciones (tabaco, alcohol) representan “fobias artificiales”; los consejos son “compulsiones artificiales”…»

PSICOTERAPIA Y FACTORES ECONÓMICOS

Perdónenme una vulgaridad: el pobre necesita tanta psicoterapia como el rico, el trabajador la necesita tanto como el snob, aunque por distintos problemas y sin duda más graves. No son los suyos, jeroglíficos de gente ociosa, angustiada por no saber qué hacer con su tiempo o su vida, enfermos de mal metafísico conflictuados con la incógnita el destino del hombre; no son intelectuales torturados en busca de su expresión.

Son problemas de gente cuyo sueldo no alcanza para vivir, hacinados en pocilgas, viviendo en promiscuidad, doloridos porque sus hijos que tan mal vestidos, mal alimentados mal educados.

No huyen hacia la droga; su droga es el alcohol. No  subliman sus conflictos con una obra de arte, sino apaleando al cónyuge o a los hijos. No se transforman en  perfumadas  call-girls, sino en putas explotadas por un rufián. Para villa miseria no hay psicoterapia sino manicomio, correccional o cárcel.

Pero para la clase media tampoco es fácil el acceso a una psicoterapia de escuela. Los honorarios son prohibitivos. Por aliviarlos y por necesidad técnica química se ha inventado la psicoterapia grupal y la psicoterapia breve.

Pero estas dos innovaciones exigen profesionales más capacitados aun que los previamente desarrollados: muy buenos analistas y con mucha experiencia. De lo contrario el remedio puede ser peor que la enfermedad.

Los hospitales de un servicio de psiquiatría o psicoterapia son pocos y no cuentan con personal ni espacio suficiente.

La psicoterapia sigue siendo inaccesible para la masa necesitada. Y para las clases más modestas no sólo es alto el costo en dinero —que no tienen— sino en tiempo —que tampoco sobra—. No es posible desatender los imprescindibles quehaceres domésticos que se puede faltar  regularmente al empleo, para asistir al hospital —así fuera gratuito—, o a institutos por más baratos que fueran. Los médicos de fábrica y empresas no conceden licencias para este “macaneo”. Los disturbios emocionales que no obligan a un chaleco de fuerza escapan a su sabiduría obsesionados por la simulación, la exageración, la “viveza criolla”, generadoras de ausentismo fraudulento. Pero aún frente al legítimo, los médicos burócratas son desconfiados.

Las psicoterapias breves, grupales, institucionales u hospitalarias, significan una laudable preocupación social de los psicoterapeutas. Son un paso hacia la solución que todavía está lejos de ser alcanzada. Estas técnicas dejan pendiente un problema: convencer a la masa popular de su eficacia, de su naturaleza de recursos terapéuticos similares en su terreno, al de las vitaminas o los antibióticos en los suyos.

Ni aún gratuitamente se soluciona el problema de la psicoterapia popular. La medicina socializada es incapaz de cubrir el vacío.

Quiere decir que ni la medicina socializada ni la gratuita, ni la máxima buena voluntad de organismos sociales o del médico individual, puede solucionar el problema de la necesidad de una psicoterapia de largo alcance popular. Con lo cual el enfermo la busca por otro lado. La busca en el curanderismo y en los cultos terapéuticos.

REMANENTES PRIMITIVOS

El éxito de los cultos terapéuticos se explica también por su blanco: apuntar al resabio irracional, supersticioso, subyacente en toda sociedad e individuo. El desarrollo intelectual, cultural o emocional lo sumerge, pero no lo ahoga.

Esta regresión puede ser asimismo una fuga y un refugio: huída de la medicina mecanizada, deshumanizada, de la ciencia positiva llevada a cabo hasta los extremos de la computadora y de los médicos transformados en robots, en un engranaje más de la máquina diagnosticadora, generadora en el enfermo de una agresividad consciente o inconsciente hacia el médico y la medicina.

Hay otra consecuencia ya mencionada: la resistencia terapéutica, la ineficacia psicógena de los medicamentos: lo contrario de la fe y de la sugestión; contrasugestión y desconfianza.

Magos, espiritistas, médiums, echadoras de cartas, astrólogos, yoga, etc.: todos juntos, forman, en adelante un gremio (…), juegan un papel social e intervienen, al parecer, hasta en las grandes decisiones políticas de resonancia histórica.

De modo que no es contradictorio que nuestro siglo, en el que triunfa la ciencia, siga igualmente un siglo en que triunfa la magia y su forma médica, el charlatanismo.

Tampoco es sorprendente que los clientes de los charlatanes sean, preferentemente, los individuos intelectualmente más evolucionados y aquellos en que una medicina salvadora, pero solamente salvadora a medias, ha aprisionado en una afección crónica que no pueden, no quieren, o no intentan integrar en su experiencia humana.

La permanencia del hombre primitivo, tribal, en el moderno, lo lleva al curandero, la permanencia del niño en el adulto le hace temer al médico. En alguno domina permanentemente a la personalidad; en otros aflora esporádicamente en trances críticos, desesperanzados cuando se han agotado las resistencias lógicas.

LA TIERRA DE NADIE: ENTRE EL EMPIRISMO Y LA CIENCIa, ENTRE LA ANTIGÜEDAD Y LA ACTUALIDAD: LAS TERMAS. EL CONTAGIO TERAPÉUTICO.

Hay un movimiento instintivo y tradicional del enfermo hacia las termas: es también una forma de regresión hacia primitivas formas de curar, insustituibles antaño. También eran lugares a santuarios, regenteados por sacerdotes.

Las termas son hoy, para la mayoría de los médicos, resabio curanderil de pasadas ignorancias.

El párrafo se puede trasladar y íntegro a las consideraciones que formulamos acerca del fenómeno curanderil: ignorancia del fundamento de por lo menos algunos de sus mecanismos de acción positiva, propaganda de “boca a boca”, resabió ancestral de prácticas superadas, apetencia incontrolable de acudir a ella.

Nos sirve, pues, como antecedente de objeto de comparación con nuestro tema y en particular lo que hemos llamado el contagio emocional como factor positivo de terapéutica. La emoción se acrecienta al pasar de uno a otro, como se exacerba la virulencia de un microbio en sucesivos pases a través de los cobayos, en un laboratorio de experimental. Contagio cuya vigencia se clarifica con un ejemplo inverso: las antiguas epidemias de histerismo, reproducidas en las actuales epidemias de adolescentes neurotizados en las plateas de los cantantes de moda.

También se produce en menor escala en los consultorios ortodoxos: cuando un enfermo le dice a otro en la sala de espera: “mi médico que como un dios para mí”, esa convicción ayuda al médico y al enfermo.

En las abigarradas antesalas curanderiles y en las termas, el acontecimiento se multiplica y exacerba, subrayado por la comparación con experiencias previas. Los enfermos vienen de pujar en los atestados halls —ya no son confortables salas de espera— de las clínicas, sindicatos, mutualidades y obras sociales, donde han formado cola primero para obtener número, luego para esperar turno, durante varios días, con la posibilidad de volver a pedir otro, sorprendidos por una huelga médica o una huelga del personal auxiliar. Ruidos, apretujamiento, malestar, malhumor de enfermos disputándose el turno, inventando pequeñas trampas y recomendaciones, exacerbados por la actitud de empleados y enfermeras displicentes, mal educados o francamente agresivos, ansiosos de propinas, también ellos perturbados por sus propios problemas. Y finalmente un médico, apresurado e impersonal que no mira al enfermo sino a la ficha y al reloj, a la historia clínica y a la radiografía. El enfermo es un espectador prescindible.

En el ámbito del santón el aire es distinto: su acción va precedida por la prédica de elevados sentimientos: amor y fraternidad. No es Doctor, es como un “hermano” y la masa no compite por arrebatarse una prioridad; es una fraternidad de gente ungida por una misma fe, solidaridad (o complicidad), apoyados por una mutua vocación de ayuda, pues la satisfacción de uno apunta y justifica la propia.

La complicidad es cooperadora, no competitiva; no subyace el oculto, disimulado, frenado, tremendo egoísmo de los enfermos (“yo me quiero cura, al otro que dios lo ayudé”).

Aquí todos son “hermanos” y así es la forma de tratamiento social: hermano. En estas condiciones, ¿cura el curandero? ¿se curan los enfermos entre sí? ¿se curan los enfermos a sí mismos? ¿se libran ellos mismos de sus males?

Sin duda obra el contagio terapéutico, la fe contagiada, multiplicada y exacerbada por los “pases”, la solidaridad y el afecto, la cordialidad del curador, y un profundo deseo de mutua curación mayor en la masa y en los feligreses congregados que en el oficiante ya mecanizado.

Cada uno los congregados desea su propia curación, pero también la del prójimo: así justifica su propia confianza en la operación y en el operador.

Difícilmente un reumatólogo no se encuentre con la pregunta invariable: “¿Me hará bien una terma? ¿Cuál me recomienda?”

Enquistada en todos los crónicos, rompe su cascarón y aflora apenas el tratamiento se prolonga. Sólo indico el viaje cuando he agotado en vano los recursos urbanos, que son, más clara, rápida, profunda y duraderamente eficaces; y en los intervalos de curas físicas o medicamentosas, como necesidad de reposo, de cambio de clima, de distención física o psíquica, como alejamiento terapéutico del ambiente, de la familia, del medio social o laboral: entonces son necesarias la carga sugestiva y el contagio terapéutico más de las muy dudosas propiedades químico-terapéuticas de las aguas.

Pero cuando en un enfermo se manifiesta la ansiedad termal (o la curanderil) ello significa un factor en contra del médico, una contrapsicoterapia: si no es satisfecha  invalida o dificulta seriamente su acción,  crea una valla contra la cual es más fácil estrellarse que franquearla.

Entonces no sólo autorizo sino que aconsejó el viaje: con urgencia, de inmediato.

 



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